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martes
17nov2009

Paseos

I

Caminaba lentamente sobre un puente. Era un día de otoño. Ahí, entremedio de la neblina que me hacía parecer un ciego o un miope sin anteojos creí ver su sombra. Abajo, la corriente amenazaba con desbordar el río. Pensé en saltar.

II

Recordaba tus silencios lejanos, tus conversaciones perdidas entre reflejos. Siempre te he mirado desde lejos. Cruzarme ante tu camino sería como bloquear el sol con el dedo, como intentar no oler un perfume tapándome la nariz.

III

Hablábamos, a veces, del clima y del sol y de la playa que alguna vez visitarías. Siempre me sorprendió tu mirada fulminante: en silencio, me dejabas hablando solo sin interrumpirme mientras tu mirada atravesaba mi alma. Pensé que jamás cumplirías tu promesa, hasta que te despediste.

IV

Debiste saber que iba a pasar, al menos por instinto. Ese beso en la mejilla fue más húmedo de lo que tendría que haber sido, ese apretón de mano más largo, esas palabras más tristes. Sabía que me veías como un abrigo, como un cortaviento en un día de tormenta, pero tu voz tenía otro tono… casi, casi, como el que yo buscaba.

V

La resignación es más fácil de soportar si sabes que trae la felicidad de otra persona. Así pasaban los días, sin dolor, sin culpa, sin felicidad.

VI

La noticia llegó tarde y lenta. Días y días intentando no pensar, años ignorando a propósito las advertencias. Sonrisas falsas grabadas a fuego en el espejo. Dolor inútil. La muerte.


VII

Cuando te conocí no te gustaban los paseos. Siempre tenías que estar en un lugar, y la forma de llegar era lo de menos. Me gustaba que rompieras ese hábito, que te atrevieras por unos minutos a darme tu mano con una sonrisa, y mirar.

VIII

Cuando lo supe estallé en pedazos. Lo que todos veían como un hombre completo era una mentira, una mera mascara. Estabas lejos, pero caminabas. Tal vez para recordarme, tal vez porque tan solo adquiriste ese hábito con el tiempo. Yo no olvidé. Tal vez tú tampoco. Caminar te había hecho caer a las aguas saladas. Era un puente, te paraste en el borde para vez mejor. Las olas no pensaban lo mismo. 

IX

¡Todo fue mi culpa, todo! No me di cuenta cuando debía moverme, cuando debía hablar y guardar el estúpido silencio de los débiles, de quienes conocen bien cómo funcionan las cosas. Mi falta de esperanza fue un error, mi falta de movimiento un pecado. Yo fui el que te enseñó, entiéndelo… y ahora no solo me dejas en imagen. Polvo eres, se dijo, pero polvo de estrellas, de supernovas perdidas.

X

No había elección, tampoco esperanzas. Me pareció ver las rocas que tú viste, y decidí seguir tus huellas. Parado en el borde del puente, el río seco ya no era un río: era el mar. Las olas rompían ante el borde. Todo pareció resbaloso. Salté.

XI

Tu sombra dejo de ser un espejismo. La mueca de mi cara se convirtió en una sonrisa. En el mar, un paseo, un abrazo y un beso. Fuimos felices.

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