
Un día, divagando mientras caminaba por el centro llegando a tribunales, camino que ya empecé a odiar, pensé... ¿Que tal si uno tuviera una especie de dimensión propia, a la que puede saltar por si mismo cuando quiera? Y empecé a diseñar una idea que se puso cada vez más compleja.
Mi dimensión consistiría, según mi idea, en una casa de madera a la antigua, como una casa de campo, completamente vacía excepto por una cama, una mesa y una silla. Por la ventana, sin cortinas, se ve la lluvia, lluvia que nunca acaba, al menos desde adentro de la cabaña. Hay tres puertas dentro. Una, a un borde de la casa, lleva al mismo lugar desde donde entré a mi dimensión. Otra, del lado, lleva a un baño. La última, al otro borde, sale a un bosque donde siempre es de tarde, con ese amarillo color cuando el sol está a punto de esconderse. La casa está rodeada de pasto, o musgo, y encima de una pequeña colina de tierra. Caminando por el bosque existe, en su borde, una barrera de madera, que simplemente no puedo saltar o pasar. Siento que, cuando explore más la dimensión y sepa más sobre mi mismo, podré llegar más allá. De lejos, se ve un campo inmenso.
A veces, cuando me aburro del mundo, viajo a ese lugar tan íntimamente mio, y llevo algunas cosas para entretenerme. La casa no tiene enchufes, pero puedo hacer un agujero a la realidad para conectar cosas eléctricas.
Me gustaría que fuera posible. Un lugar a donde ir cuando quieras estar solo y reflexionar, un bosque dorado donde siempre es de tarde y una casa a la que nunca deja de tocar la lluvia.